Lo que vivimos contigo los fundadores de Contrapeso, no fue un grupo de teatro. Fueron los cimientos de nuestras respectivas y diversas vidas.
Erandi Avalos / La Voz de Michoacán
La vida es como una obra de teatro:
no importa lo larga que sea,
sino la excelencia
de la interpretación.
– Séneca
Tu ausencia no es sólo la partida de un maestro de teatro; es la despedida de alguien que dejó huella en la manera en que muchos aprendimos a estar atentos en el mundo. No es extraño que coincidan las expresiones de duelo ante tu partida, incluso viniendo de personas distintas y distantes: se debe a que fuiste un hombre de una sola pieza: congruente consigo mismo y con el mundo. Un maestro nato.
Mi sueño infantil fue ser actriz. Morena (sí, en ese tiempo ser morena en México era un impedimento para destacar en la actuación a niveles nacionales e internacionales), con poca educación y menos dinero, con esa mezcla de deseo y desventaja que suele acompañar a los sueños tempranos. A los 17 años, después del Bachillerato en Arte con especialización en Teatro, entré a un espacio que no prometía certezas, sino preguntas y así tuve la fortuna de ser una de las fundadoras de Contrapeso. No era un teatro en el sentido estricto, sino un lugar donde el cuerpo aprendía a pensar y la palabra a respirar. Ahí impartías tus talleres de entrenamiento teatral y, sin saberlo entonces, yo estaba por atravesar una de las formaciones más hondas de mi vida.
Llegué con la ilusión de ser actriz, pero también con la intuición de que algo en mí necesitaba ordenarse desde otro lugar. En ese momento no sabía lo importante que sería la formación de esos talleres sabatinos en los altos de la Casa de la Cultura. Recuerdo el día en que nos relevaste el nombre del grupo; recuerdo perfectamente a cada uno de los miembros fundadores porque en esa época fuimos como una familia. ¿Cómo olvidar la casa que renté en la calle Cinco de Febrero, en el centro de Morelia? Ese espacio se convirtió en un refugio.
Lo que vivimos contigo los fundadores de Contrapeso, no fue un grupo de teatro. Fueron los cimientos de nuestras respectivas y diversas vidas. Fuiste una figura paterna para todos en aquel momento.
Recuerdo con especial nitidez dos obras en las que trabajamos: Mateo, de Armando Discépolo, una tragedia grotesca argentina sobre Miguel, un cochero inmigrante que ve desmoronarse su mundo ante la modernidad. Como Carmen, la esposa del cochero, nunca me salió bien el acento argentino, pero disfrutaba muchísimo freír el huevo en escena. Era un gesto mínimo y cotidiano que, como todo en ese montaje, debía hacerse con verdad. Recuerdo que una vez le puse demasiada sal. Vi cómo Ricardo, quien interpretaba al cochero, tuvo que comérselo así, sin hacer gestos. Lo resolvió de manera impecable, como el excelente actor que era: el público no notó nada y la escena siguió respirando. Así podría escribir decenas de anécdotas que vivimos contigo.
¿Te acuerdas de que para la escenografía de El Marinero, de Fernando Pessoa, Gabriel y los demás chicos fueron en su camioneta al cementerio y recogieron un ataúd exhumado (vacío, no se espanten)? Se me grabó para siempre la cara de los vecinos cuando llegaron a la guarida con el ataúd oxidado, lleno de tierra y con el interior raído: si ya nos veían como marcianos, eso fue el colmo para ellos. A las pocas semanas llegó la policía. No teníamos nada que esconder y lo poco que teníamos lo tiramos en las coladeras. Nada tan dañino como lo que se usa ahora. Éramos buenos chicos, tan jóvenes, bellos y talentosos que todos prometíamos ser estrellas. No todos lo logramos. Pero estoy segura de que todos llevamos para siempre tus enseñanzas. Por cierto, esa obra fue para mí un total enigma hasta que, años después, encontré una versión con una mejor traducción y voilá: comprendí todo claramente. En ocasiones así es la vida, sobre todo en la “jumentud”; perdón, quise decir: la juventud: uno vive intensamente y comprende las cosas vividas hasta mucho tiempo después.
Algunos tomamos otros rumbos y, con el tiempo, llegaron nuevos integrantes. Pero lo que se vivía ahí —esa ética del trabajo, esa atención radical— nos atravesó para toda la vida, incluso a quienes no permanecimos en la escena. No hablabas de “actuar” como quien enseña a “representar”, sino de estar. Estar en el espacio, estar con el otro, estar con uno mismo. El entrenamiento no buscaba el aplauso, sino la atención; no la técnica vacía, sino la conciencia. Eras exigente, sí, pero nunca autoritario. Tu rigor tenía una ética: la del respeto por el proceso ajeno y la responsabilidad sobre el propio.
Tu cuerpo, lejos de ser un límite, era una lección viva. Desde ahí hablabas del esfuerzo, de la conciencia del movimiento. Tu voz era inconfundible: muy grave, profunda y, al mismo tiempo, dulce y protectora. Llenaba el espacio sin imponerse. Cuando corregías, lo hacías con firmeza y afecto; no vacilabas en señalar una falla si considerabas que podía mejorarse. Pero lo más importante era que en cada ejercicio había una lección que iba más allá del teatro.
Pensabas con rigor y enseñabas a pensar con el cuerpo. No separabas la filosofía del ejercicio físico: el mismo cuidado con el que abordabas una idea lo exigías en el trabajo corporal. En los entrenamientos no se trataba de “actuar” en el sentido superficial. Se trataba de escuchar, de sostener el silencio, de aprender a respirar antes de hablar. Así formaste a decenas de actores y actrices, pero también —y quizá sin proponértelo— a personas más atentas. Tal vez por eso tu enseñanza permanece incluso en quienes, como yo, no nos dedicamos profesionalmente al teatro. Y, sin embargo, el teatro me ha acompañado en todo lo que hice después: en la escritura, en la escucha, en la forma de mirar a los otros, en la maternidad, en el amor.
Tu legado no se limita a una generación ni a un grupo. Vive en la memoria corporal de quienes pasamos por tu entrenamiento, incluso si tomamos otros caminos. Del devenir actual de Contrapeso conozco poco: me mudé de Morelia y perdí la pista de los detalles. Pero hay algo de lo que estoy segura: Contrapeso es Roberto Briceño. No como consigna ni nostalgia, sino como verdad formativa. Para los que pasamos por ahí ha sido una manera de aprender a estar en el mundo con mayor conciencia.
Hoy te escribo con gratitud, como quien vuelve a un entrenamiento esencial: el de la memoria.
Buen viaje, maestro.