Morelia, Michoacán

El 15 de septiembre de 2008 cambió para siempre la vida de la familia de Liliana Díaz Fernández, cuando dos granadas de fragmentación estallaron contra los civiles que celebraban el Grito de Dolores, en el Centro Histórico de Morelia.

Ese día, su cuñada, Leticia Tapia Guerrero, perdió la vida, mientras que su hermano Salvador y sus tres sobrinos quedaron con lesiones físicas y emocionales que perduran, a 18 años de distancia.

“Fue muy difícil, esto nos cambió la vida, yo me dediqué a acompañar a mi familia en sus trámites, en sus operaciones, para tratar de sanarlos, de aliviar esa rabia y esos dolores que dejaron los ataques. Por alrededor de un año estuvieron en la casa de mis padres, porque no podían hacer prácticamente nada, las cosas fueron muy duras para nosotros”, explicó, en entrevista.

Las secuelas físicas derivan de esquirlas incrustadas en sus cuerpos, que no pueden ser operadas por el riesgo de daño a sus nervios, y que en la temporada de frío o cuando llueve les generan dolor y malestar.

Pero lo más complejo fue atender las heridas emocionales, ya que experimentaron dolor y rabia al no entender por qué la autoridad no evitó los ataques, por qué aún no hay personas responsables procesadas por la justicia.

“Hemos tratado de apoyarlos para que sean personas de bien, que no los lastime más el coraje, ellos eran menores de edad, ahora ya son adultos con sus carreras hechas, pero aún sienten enojo porque los hechos siguen impunes”, indicó Liliana Díaz.

Y es que la solidaridad de la familia, el respaldo de las autoridades y el paso del tiempo no borran que la herida sigue abierta, el luto no termina y aún hay un crimen por el que no se tienen responsables pagando por este.